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Bahá’í International Community Representative Offices

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la religión renovada

Los grandes sistemas religiosos que han guiado a la humanidad durante miles de años pueden considerarse en esencia como una sola religión que se ha ido desplegando y renovando de época en época, evolucionando a medida que la humanidad ha ido pasando de una etapa de desarrollo colectivo a otra. La religión es un sistema de conocimiento y práctica que, junto con la ciencia, ha impulsado la civilización a lo largo de la historia.

La religión de hoy no puede ser exactamente lo que era en una época anterior. Los bahá’ís creen que mucho de lo que se considera religión en el mundo contemporáneo debe volver a examinarse a la luz de las verdades fundamentales que ha postulado Bahá’u’lláh: la unidad de Dios, la unidad de la religión y la unidad de la familia humana.

Presta atención a que, en este mundo de la existencia, todas las cosas deben ser constantemente renovadas. Mira el mundo material que te rodea y ve cómo ha sido renovado ahora. Los pensamientos han cambiado, se han modificado los modos de vida, las ciencias y las artes muestran un nuevo vigor, hay nuevos descubrimientos e invenciones, hay nuevas percepciones. ¿Cómo, entonces, no iba a renovarse un poder tan vital como el de la religión, el garante de los grandes progresos de la humanidad, el medio mismo de lograr la vida sempiterna, el promotor de excelencia infinita, la luz de ambos mundos?

(‘Abdu’l-Bahá, Selección de los Escritos de ‘Abdu’l-Bahá, pp. 77-78)

Videoclip: una breve exploración del propósito de la religión

Bahá’u’lláh estableció una norma inquebrantable: si la religión se convierte en una fuente de separación, distanciamiento o desacuerdo —y, menos aún, violencia y terror— es mejor prescindir de ella. La prueba de la verdadera religión son sus frutos. La religión debe demostrar que eleva a la humanidad, crea unidad, forja el buen carácter, promueve la búsqueda de la verdad, libera la conciencia humana, impulsa la justicia social y promueve el mejoramiento del mundo. La verdadera religión proporciona los fundamentos morales para armonizar las relaciones entre individuos, comunidades e instituciones a través de entornos sociales diversos y complejos. Fomenta un carácter recto, infunde tolerancia, compasión, perdón, magnanimidad y altura de miras. Prohíbe el daño a los demás e invita a las almas a dar de sí mismas por el bien de otros. Imparte una visión que abarca a todo el mundo y limpia el corazón del egocentrismo y los prejuicios. Inspira a las almas a esforzarse por el mejoramiento material y espiritual de todos, a ver su propia felicidad en la de los demás, a promover el aprendizaje y la ciencia, a ser un instrumento de verdadera alegría y a reavivar el cuerpo de la humanidad.

La religión reconoce que la verdad es una, y por tanto debe estar en armonía con la ciencia. Cuando se conciben como complementarias, la ciencia y la religión proporcionan a las personas medios poderosos para obtener nuevas y maravillosas percepciones de la realidad y dar forma al mundo que las rodea, y cada sistema se beneficia de un grado adecuado de la influencia del otro. La ciencia, cuando carece de la perspectiva de la religión, puede verse expuesta a un materialismo dogmático. La religión, desprovista de ciencia, es presa de la superstición y la ciega imitación del pasado. Las enseñanzas bahá’ís indican:

Poned todas vuestras creencias en armonía con la ciencia; no puede existir contradicción, pues la verdad es una. Cuando la religión, libre de supersticiones, tradiciones y dogmas ininteligibles muestre su conformidad con la ciencia, se sentirá en el mundo una gran fuerza unificadora y purificadora que limpiará de la tierra las guerras, desacuerdos, discordias y luchas, y entonces la humanidad será unificada por el poder del Amor de Dios.

(La Sabiduría de ‘Abdu’l-Bahá, no. 45)

La verdadera religión transforma el corazón humano y contribuye a la transformación de la sociedad. Proporciona percepciones sobre la verdadera naturaleza de la humanidad y los principios en base a los cuales puede avanzar la civilización. En este momento decisivo en la historia humana, el principio espiritual fundamental de nuestro tiempo es la unidad de la humanidad. Esta simple declaración representa una verdad profunda que, una vez aceptada, invalida todas las nociones pasadas sobre la superioridad de cualquier raza o nacionalidad. Es más que un mero llamado al respeto mutuo y a sentimientos de buena voluntad entre los diversos pueblos del mundo, por importantes que éstos sean. Llevada a su conclusión lógica, implica un cambio orgánico en la estructura misma de la sociedad y en las relaciones que la sostienen.